Por Juandemaro Querales
La rutina diaria del niño Raphael David influye a sobremanera en las vidas del micro mundo de la cual formo parte. El infante es un pequeño tirano que ordena y condiciona hasta los más leves movimientos de la casa. Los habitantes de la morada son conducidos al caos-orden en que se convierte el horario caprichoso de aquel ser. Los juegos infantiles combinados con las comiquitas de la televisión por cables, constituye la razón de ser del pequeño dictador, con una que otra rabieta con el fin de obligarlo a su aseo personal cierra la mañana. Al mediodía el ser vivo más pequeño del microcosmos, se aventura con el adulto baqueano en un viaje –cada vez más difícil- es el periplo homérico del niño por su Mediterráneo cronológico. Su viaje por parajes y puertos carecen de Lestrigones, Brujas y Gigantes de un solo ojo. En la nave Argos solo hay cuerpos sudorosos que emanan olores nauseabundos de cadáver en descomposición, combinado con perfumes o lociones de AVON. El pequeño navegante aprovecha el viaje para dormir recostado en el incomodo asiento, gastado por el uso y rayado con obscenidades fálicas, anales y vaginales. El viaje del pequeño Ulises sigue entre la pronunciada carretera o antiguo camino real, en el fondo se observan restos de antiguos canales de riego, también desechos de la civilización industrial. El pequeño argonauta prefiere ser el Zorro, Batman o Aramis uno de los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, que ser el navegante Aqueo que imagina su padre. Homérida o ciego codificador de las nimiedades de los viajeros que se aventuran a esas horas del mediodía para ingresar al colmenar en el hormiguero social. Cuando Eneas se aproxima a la futura Roma, el Padre se hamaquea los hombros y le ordena al chico despertarse y acto seguido ponerse de pie, acomodarse en la fila del pasillo dónde las hormigas ganan la puerta.
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El texto pertenece al libro de relatos Reunión (2013)