Por Juandemaro Querales
Los mediodías son temibles. El sol achicharra los sentidos. El paisaje lunar se ha instalado hasta
los tuétanos. Aquella naturaleza desprovista de plantas y aves, gravita en mi imaginación,
deseando integrar mis despojos con aquel suelo gredoso.
La terrible imaginación ha echado mano del lenguaje, para enfrentar los sinsabores de la vida.
Unas veces para abusar de la prensa, en otro momento me valgo del verso para cantar el
optimismo de saberse vivo y saberse acompañado.
El otro se nutre del espíritu enfermo que gravita en todo momento. Por circunstancia de la
vida se adopta una máscara por ratos, por lo postizo de la existencia; sobran momentos para
planificar la muerte accidental del enemigo a muerte; también de la vida muelle y fútil.
Porque quedarnos en el embrión, al adoptar el comportamiento de hombre del rebaño, por
decisión vertical –repitiendo hasta el cansancio- el mismo ritual. Un día me desmarco y le
quito la vida a un sujeto de la serie, para terminar mis días sobre la tierra en el temible Sistema
Penal.
He cometido todos los desmanes a sabiendas que seré juzgado y encarcelado, por transgredir
el orden. Sonrió en mi fuero interno y me maravillo de haber provocado pequeñas rebeliones
que hacen placentero transarse por la iconoclastia
Soy Eustaquio, Fidelina, Tista Querales, Juan Benito, Hilda Álvarez; las múltiples voces que se
aglomeran en mi escritura, quieren contar su experiencia vital. A su debido tiempo me
decidiré. Que cansado me siento al descubrir que soy el portador de muchas historias y un solo
y extenso relato.
Soy el ángel de alas blancas, soy Fidelina huyendo de la persecución de Eustaquio el gambito.
Sus vivencias son mías y las he atesorado como algo sagrado, que se lleva en un cuaderno de
notas , de papel cebolla y portada de
cuero con las iníciales: H.C.A-
Ya que me enseñaste a odiar el mar, sus peces, su sol quemante y el agua yodada. Sácame por
favor de esa isla por el aire en globo de helio.
De la esquina de la calle 42 con avenida Rómulo Gallegos, presencie los acontecimientos más
extraños de mi infancia: los entierros de los jefes guerrilleros de las montañas de El Tocuyo, el
desfile llevando la urna de Rafelito Gómez, en hombros de las meretrices del kilometro uno.
La trombosis cerebral a mi padre Tista Querales, ocasionándole parálisis de la mitad de su
cuerpo.
La aventura de la imaginación deambula por los mismos recovecos, por más que me forzó para
no caer en ritornelos, el lenguaje despótico vuelve sobre la etnia y la presencia femenina.