Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
23 junio 2012 6 23 /06 /junio /2012 00:55

Por: Juandemaro Querales

No suelo hablar con frecuencia de mis maestros de primeras letras, la señorita Gómez, que me confinaba todas las tardes a un rincón del aula, por no aprenderme la tabla de multiplicar  salteada. En la secundaria -es otra cosa- tuve buenos profesores, ideales para modelar y seguir su ejemplo, de entre ellos Pablo Álvarez Yépez: médico, partero, sabio griego.

El doctor “Paucho” como lo distinguía la pequeña urbe, y en esa polis su jardín de academo: el liceo Egidio Montesinos, recinto donde enseñó cotidianamente este insigne enciclopedista, heredero de una estirpe de enseñantes como su padre Pablo José Álvarez. El futuro doctor en medicina había crecido en la compañía de distinguidos personajes que destacarían en el foro, en la inteligencia y en la cosa pública: Luis Beltrán Guerrero, Guillermo Morón y Héctor Mujica.

El viejo liceo carorensis heredero directo del viejo Colegio “La Esperanza” creado y regentado por ese insigne maestro como lo fue Ramón Pompilio Oropeza, suegro de Paucho, y objeto de estudio de Luis Cortés Riera, en sus densos trabajos sobre la escuela caroreña. Pequeña parcela donde se acumula el pensamiento cartesiano y la ilustración, expresada finisecularmente por los positivistas como Lisandro Alvarado, Rafael Villavicencio, José Gil Fortoul y el propio “Sembrador  de sueños” Ramón Pompilio Oropeza.

Con el maestro de la vieja casona inmortalizada  con el nombre principal de “Balcón de los Álvarez”, pervive en plena fase de modernidad esta herencia renacentista, para ganancia de aquellos escolares deseosos  de asomarse al conocimiento científico y a las letras; también por carecer del magisterio que emana de las Universidades populares que abundan en América ,como la Juan José Bracho que regenta el gran Chío Zubillaga; aquellos estudiantes que se nutrían de su verbo leían ávidamente el marxismo de cartabones, en viejas ediciones soviéticas y chinas, pasadas de mano en mano y atesoradas en viejas petacas lejos de la mirada de la policía política, por obra de personajes dostoyeskanos como Nelson Pérez, el viejo Ramos Leal, Ramón Rodríguez y el viejo Víctor Julio Ávila “vijú”, epígono del inquilino de la casa universidad de la esquina de la calle Bolívar con Ramón Pompilio Oropeza.

La Cátedra del doctor Paucho en aquellos años tumultuosos de la década de los años sesenta del siglo XX, constituía una excepción: su humanismo y su espiritualidad dominante, separaban al mundo cognoscitivo entre las abstracciones y el materialismo hegeliano. Sus enseñanzas sobre Arte universal son memorables, su discurrir por ciudades, personajes y libros fundamentales, era un regalo a la imaginación para aquellos imberbes, muchos de los cuales con una visión angosta del mundo, como corresponde a la cosmogonía y referencia reproductora de hijos de peones y arrieros, fue la famosa democracia la que nos llevó al gimnasio griego aristotélico.

Introducida la psicología en la Escuela venezolana, los textos de Ignacio Burg y los trabajos especialmente consagrados para el magisterio venezolano, por el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, eran familiares en los planteles haciendo sentir en la asignatura  de Psicología trucada en Puericultura, cosa curiosa se la daban a las puras mujeres, todavía sobrevivía esta mala herencia guzmancista de influencia francesa, por aquello de mantener separado a las hembras y los varones; aquí  el partero y ginecólogo se lucía por su vasta experiencia, y ser uno de los fundadores de la salud pública en la carora post trienio adeco, diletante peripatético encargado de formar a nuestros jóvenes que recién respiran los aires de libertad al expulsar al último tirano .

El maestro Paucho fue un enciclopedista y viajero incansable con ojo Volteriano, sus opiniones y comparaciones le dan ese toque de trascendencia en la pequeña aldea, no repuesta de la profusa narrativa del Chío Zubillaga en la escena europea, de esta curiosidad por acercarse al pasado con el lente Spengleriano muy de moda, publica un volumen hibrido intitulado “Carora”; también de su acercamiento a las letras es su texto autobiográfico: “Recuerdo de un viejo médico”, publicado por Guillermo Morón en las publicaciones de la Academia Nacional de la Historia; confirman en gran medida la aventura vital de un hombre que se entregó en cuerpo y alma a la suerte de su aldea, a sus jóvenes, que escogió a la escuela como instrumento de socialización , dentro de la mejor tradición robinsoniana-rodrigueana.

El doctor Paucho vive entre nosotros a través de la ficción, Juan Páez Ávila se ha encargado de recrearlo en sus paraísos perdidos: “El balcón de los Álvarez” y “Los coroneles de Carohana”, dan fe de un personaje funambulesco que vivió vagando en una casa laberíntica, entre cervezas y chupadas de cigarrillos negros, al final de su vida en un lecho churrigueresco, contemplando desde el balcón que da a la plaza Bolívar el hormiguero social y su cronología anillada, y en esa pose de Pablo de Tarso recrear su aventura rouseauniana.UNO-copia-6

Compartir este post

Repost 0
Published by Juandemaro Querales - en Ensayo
Comenta este artículo

Comentarios

Presentación

Enlaces