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12 mayo 2011 4 12 /05 /mayo /2011 15:35

BIN.jpgCon la ejecución de Osama Bin Laden a manos de fuerzas especiales de la Armada norteamericana, conocida como SEAL, vista segundo a segundo por Barack Obama y su Consejo de Seguridad Nacional, desde su oficina de la Casa Blanca, la madrugada del lunes 2 de mayo; desde el otro lado del mundo, como en un juego de computadora, se le puso fin al hombre más buscado de la tierra.

 

Después de diez años de intensa búsqueda, por los servicios secretos de la mayor potencia del planeta, finalmente los interrogatorios, delaciones, complicidad de los gobiernos de la llamada ruta de la heroína; dan en el mapa  con Abbotabad, suburbio cercano a Islamabad, y el bunker del individuo más odiado por Estados Unidos y sus aliados. Nadie podía imaginar  que en una mansión de un millón de dólares y a pocos metros de la Academia Militar de Pakistán, residiera desde el 2008 este cruzado, empeñado en acabar con el occidente  pecador y cargado de vicios, en una guerra santa denominada el Jihad, para aplicar a pie juntillas la Sharia junto con los preceptos del Corán, con el interés de mejorar la vida dentro del musulmanismo.

 

Para Estados Unidos era cuestión de honor dar con Osama Bin Laden, a quien se le atribuía la autoría intelectual de la destrucción de las Torres gemelas del World Trade Center en la ciudad de Nueva York, y el atentado al Pentágono muy cerca de Washington, usando en ambos casos unos inofensivos aviones de pasajeros, provocando la muerte a tres mil personas el 11 de septiembre del 2001. Registrar minuciosamente las cuevas de las montañas de Tora Bora, frontera común entre Pakistán y Afganistán, fue una tarea de hormiga, que no siempre daba sus frutos; pero la confidencia de un mensajero delatado por uno de los presos en Guantánamo, permitió llegar hasta Abbotabad, ayudados con imágenes satelitales y es posible imaginar con la filtración de los órganos de inteligencia de Pakistán, se pudo identificar a un enigmático habitante del bunker, a quien solo se le conocía por los latidos del corazón y el calor que emitía su cuerpo, captado a kilómetros de distancia por los satélites espías que Estados Unidos situó durante meses sobre esta construcción amurallada, que carecía de teléfonos e internet, compuesta por paredes de 5 metros de altura y rodeada de serpentinas eléctricas.

 

Este final que parece sacado de la serie NCIS, que transmite la televisión por suscripción, se une a la metáfora hollywoodense de hacer recaer el destino del mundo en tropas bien entrenadas, que desde la cubierta de un portaavión, violan la soberanía de los Estados, volando sus naves de guerra a poca altura para no ser detectados por los radares y propinar esos estruendosos golpes que nos recuerdan una escena del sin identidad Bourne. Morir como lo hizo Osama Bin Laden es un contrasentido, observado y ejecutado por unos verdugos quienes al materializar la cacería, huyen con su presa y en pocos minutos están fuera del control de las Fuerzas Armadas del país invadido.

 

El último guerrero santo yace en el fondo del Mar Arábigo, siempre fiel al libreto, el vocero de la Casa Blanca le informa al mundo que el cadáver de Bin Laden se le trató según los preceptos del Corán; el cuerpo limpiado cuidadosamente, luego vestido con túnica blanca, pronunciándose unas oraciones por parte del Ulema del buque, luego se introdujo en un talego al que se le agregó placas de cemento e inclinándolo sobre la borda fue echado al océano, para evitar ser objeto de adoración por mil millones de musulmanes distribuidos por todo el orbe.

 

Con la muerte de Bin Laden comienza a escribirse el mito, solo comparable a la del profeta Omar, yerno de Mahoma; este guerrero santo que derrotó al único imperio ateo creado por el hombre: la Unión Soviética, de seguro tiene un lugar en la historia; sus hechos de sangre guardan relación con el Islam que es una religión de conquista.

 

Mayo de 2011

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Published by Juandemaro Querales - en Ensayo
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