Seguir este blog
Administration Create my blog
3 julio 2010 6 03 /07 /julio /2010 22:44

Nuestras miradas se tropezaron, un efecto eléctrico nos paralizó instantáneamente. Esos ojos del verdugo no mentían, venían por mí. Durante días me había asediado, acompañándome como a una sombra  a todos los lugares a donde iba.

 

El paisaje agreste lo domina todo, esas montañas lunares, con pequeñas colinas, cargadas de un sol alucinante. Dura luz  que embota los sentidos. Un intenso calor  puebla de lentitud y monotonía la actividad del colectivo de la pequeña urbe.

 

 UNO.png 

 

Esa mirada -tan característica- de los hombres cebados en la carne de los otros. Ahora se clavaría en mi cuerpo; que es una herida más en mi transito a las cumbres de Mauricio. Dormir el sueño de los justos, entre parientes, muchos de ellos ya habían corrido el mismo destino; caer por las balas asesinas de sicarios y matones contratados por una mano vil. 

 

Ese día había despreciado las recomendaciones de mi entorno familiar:”no salgas solo. Porta el arma montada en la cintura, con la cacha descubierta para ser más veloz” Listo para librar un duelo con mi pesadilla en las polvorientas calles de Topekka. ¿Pero que me puede pasar en un simple recorrido de apenas dos cuadras? Afirmé, al trasponer la puerta que da a la calle, siento unos rayos de sol que se me introducen en el cráneo, un mareo momentáneo me hace trastabillar.

 

La muerte a tiros, como comúnmente rematan las frases los vagos de la esquina, y especialistas en terminología de ocasión. Desde un tiempo acá, el que la muerte me persiga revólver en  mano por las calles de la diminuta aldea, ha sido un leit motiv, que me hace sobresaltar por momentos de solo pensar en eso. La amenaza por celular y oír una voz con acento maracucho, me hiela la sangre; palabra de sicario, conciente de la seriedad de su trabajo. Dios de quinta. Intruso que se ha colado en mi vida, como una amante lúbrica. Ya no me atrevo a responder al celular o al teléfono fijo, su solo contacto me vuelve un pelele hecho de sal. De lo reiterativo de las llamadas amenazantes, del cruel mensajero, debo esa neurosis que como espita sirvió para que anidara mi actual paranoia.

 

El campo remoto, lecho antiguo de un océano, reino de cabras, que me convierten en el Miguel Hernández del Cantón de Carora, poetas  andaluces porque sí. Somos pastores y pastores moriremos. El balar del chivo abre el portal de la dimensión desconocida, por donde escapan: guerrilleros de montoneras, incestuosos de espesos paredones, y vírgenes poseídas por el Mefistófeles de mi imaginación partida.

 

Lo vi a sus ojos, mostrando una fea mueca que no disimulaba. De tanto seguirme en mi barroca  rutina; era mi alter ego, que busca despacharme al averno de la sequedad al séptimo anillo del infierno de Dante. Siempre lo repito: “quienes se habían preparado para mi velorio, se quedaron con los crespos hechos. Por que lo que soy yo, no me muevo de este mundo”. Guardo silencio y haces que lees el periódico capitalino. Los sicarios no son de este mundo, son de muy allá, de las montañas escarpadas, también de la región salina la que guarda en su interior peces de colores intensos, llevados en grandes redes en la oscuridad y el silencio de un lago embetunado.

 

Ir por los vericuetos de la muerte con el  fin de recrear instantes decisivos -en que uno creyó- que son baladí y no por ser baladí le cuestan la vida al signatario. Encierro monacal en la vieja casa de Barrio Nuevo, rodeada  por dos viejas y el patriarca que llega de madrugada de la “Casa del Diablo”. Jugaba a las cartas: siete  y media, ajilei y carga la burra, con los clientes habituales; también mantiene conversaciones -no tan secretas- en el interior de los cuartos, con sujetos de aspecto rollizo y cachetes sanguíneos, acto seguido salen apresurados del garito-bar sin detenerse a observar a bebedores, jugadores y mujeres insinuantes de su mercancía sexual. En los linderos de nuestra memoria están muchas de nuestras explicaciones a los enigmas y a los trastornos de conducta del presente. La soledad de Eustaquio y la solidaridad del par de viejitas, solo se explica por la religiosidad con que crían a esa muchacha fruto de amores prohibidos, distantes, por violación de la escurridiza y encopetada Fidelina.

 

Solo un sicario dado en mandar gentes al infierno, puede hacerme un seguimiento de día y de noche. Sin pausa y sin fatiga. Tratándose de la muerte cuando tiene urgencia de adelantar el reloj, a quien tenga la desafortuna de adelantarle las clepsidras. Nunca esperé que en mi destino estuviese el destino trágico de morir atravesado por cuatro plomos salidos de un revolver 38. Estoy acostumbrado a la idea de morir de aburrimiento en la ancha y alta cama matrimonial, como las de los “nidos de amor” de la Panamericana. Quien no tuvo infancia por permanecer secuestrado durante siete años de su vida, en una habitación oscura, de paredes húmedas, con la sola compañía de santos apilonados en un rincón, alumbrados por velas. Pasar parte de la infancia aterido a los hilos de un chinchorro como un animal en cautiverio, tiene su precio: el silencio centenario, lo errático y el recomienzo ciclotímico, todo esto como es dable, ha consumido mis fuerzas. De esa parálisis del individuo y su laberíntico espacio tiempo, no me quedó más elección que refugiarme en mi autismo y servirme de la palabra escrita: craso error de las culturas que tienen en el valor documental, toda su construcción de los referentes culturales. Infanticidios, crecidas de ríos, enfermedades venéreas, luchas con armas blancas, ángeles que se niegan a viajar a las praderas de la muerte, permaneciendo en pasillos y dormitorios a la espera de la desaparición del último de la etnia. Por qué no hay nadie suficientemente  serio capaz de retar en dura pelea, a la imaginación que trastoca y envenena, toda la realidad  por develar y no apostar un cochino céntimo a una historia de seres banales, obligados a estar atados al tronco de la espesa Ceiba del patio, lar de mis ancestros. Rayos, incendios y la bestialidad con que los pájaros carpinteros taladran el cuerpo del árbol, y nada hace mella en el espíritu del hablante más disparatado, ganado y por ello esa obsesión por conservar intacto el cerrado orbe del instante cronológico: la imaginación totalitaria y absorbente, contabilidad para dar cuenta pormenorizada el día de la destrucción de la pequeña aldea, como consecuencia de la falla de Boconó , depositará transformada en cenizas debajo del lecho seco de mar, a la vieja urbe sucesora de Pompeya y Herculano, obra de los desastres naturales, perversión del escritor, y el pecado original de la tribu ocupada en pastorear los nutridos rebaños de cabras.

 

El sicario con sus ojos de tigre y su mirada mefistofélica, se baja del corolla plateado, con la pistola en la mano para disparar a diestra y siniestra, como si fuera una señorita por sus pasos de reguetón  y no un policía activo. Señor de la muerte que me dispensa una visita por segunda vez. Con la balacera zumbándome en las sienes, automáticamente decido -solo por instinto de conservación- lanzarme al piso del Ford Power 2007; con la pistola que llevaba puesta al cinto y ahora empuñada en la mano derecha, buscando el gatillo para responder, por instantes me percato que chorreo sangre de las costillas, algo como un tizón me fríe las carnes. Esa tarde Martín Espinoza pide licencia al mismísimo ”general del pueblo soberano”, para ir a saquear los tesoros ocultos de la catedral de Guanare, pide también un escuadrón de lanceros que lo acompañen: “te puedes ir, pero tienen que estar en el Cuartel General a las 6 de la mañana, cuando aclare el día con el alba”. Dijo Zamora atusándose los bigotes de escobillón. Cuente con eso mi general. Para el almirante Gayón de la mar océano, el malentendido del día siguiente, donde fue fusilado por indisciplina, fue una conspiración urdida por Antonio Guzmán Blanco hijo, para quedarse con las glorias logradas por las flechas y lanzas de la marinería Garona. Final de los sin voz. El diligente secretario, nieto de la tiñosa, planificó el desenlace y fusilamiento del amado capitán de hombres libres; para hacer creíble su sainete redacta en secreto con el oligarca Pedro José Rojas, el Tratado de Coche. Pásenlo por el quirófano que las balas asesinas están regidas por la Convención de Ginebra.

 

Los tiempos los marcan

 

La cantidad de heridas como tatuajes

 

Que infringe los amores truncos

 

Y la crueldad de los seres vivos.

 

¿Por qué a mí me pasan todas esas cosas. Será que los santos de mi panteón me tienen olvidado? Santa patrona de Aregue, Virgen de Chiquinquirá, protectora de los ahogados, de los náufragos y todo el que queda a la deriva en un mar encrespado, rodeado de tiburones. Prometo hacerle una embarcación de oro y llevársela a la virgen, en pago a su intersección y así evitar una muerte segura; por que a “Amandita” nadie se le escapa, no masca; en lo que supe que mi nombre fue lanzado a certamen y por mala suerte salí premiado, con el número tres por el pecho, hecha en una ficha de cartón, garabateado por alguien  de escasas letras, pero de seguro cumplimiento, pasaje sin retorno a donde habitan los dioses malvados, con licencia para torcer cualquier voluntad.                                                

 

La casa según la mitología es el lugar último donde moramos después de muerto. En mi casa paterna habitan en forma tumultuaria generaciones de parientes. Las abuelas luchadoras de las guerras civiles en tiempos de liberales amarillos de fines del siglo XIX. Benita, mi abuela india y que fue transportada en una carroza fúnebre de motor, desapareció del cerro de cruces en el viejo cementerio del Torrellas; sus amenazas se habían cristalizado. Jeronimita, “la loca cíclica”, durante las navidades prefería estar en Babia, como las vueltas en un tiovivo; deambulaba por los zaguanes de la locura: la selva, los taladros, los gringos y la gonorrea de su hermano Agustín, únicos temas de su jerigonza. Mientras agonizaba en el aséptico pabellón de las cirugías; todo se te venía en torrentera: los hermanos muertos, el seguimiento y el asedio de que eras victima. Amandita: ¿por qué te empeñas en liquidarme? El templo se llenó de ofrendas como en las fiestas de octubre. Escapularios, crucifijos y barcos hechos de oro encargados a joyeros expertos del edificio La Francia. Patrona de secuestrados, sobrevivientes a la tómbola del sicario, perseguidos por las redes de Amanda. Virgen  de Chiquinquirá, protectora de náufragos, muéstrales el camino a los cautivos de la Autopista Carora-Barquisimeto.    

 

ACTO I

 

El calor arrecia. El sol está en su cenit. La Calle luce vacía a esa hora. El Corolla 2005, color plateado, se encuentra estacionado frente a la casa de mi hermana Casandra. La muerte habla sin cesar con el piloto del carro.

 

EL ACRIBILLADO

 

Hoy no es  mi día de suerte. Cuando estaba lo más confiado, me tropecé con los ojos de la muerte, que por casualidad me esperaba desde hace mucho rato en  la acera de enfrente.

 

EL SICARIO

 

Mi función es quitarle la vida, a todo aquel que se interponga entre: el anónimo ejecutante de la acción y la victima confiada. Los dioses del presente no se sacian con la sangre derramada hasta el presente. Mi mano y mi revolver son los encargados de torcer el destino  a los seleccionados en un golpe de dados.

 

 

La violencia se ha entronizado en el alma nacional, desde los tempranos orígenes de la nacionalidad, cuando se planteó la dicotomía: democracia liberal, con separación de poderes; y el autoritarismo militarista; la peste caudillesca que ha asolado el cuerpo de la sociedad; doscientos años  de no resolver este dilema ha traído como consecuencia el que se haya desangrado el tejido social de la secuestrada sociedad. Viejos atavismos circulan por el torrente sanguíneo del ser venezolano. Los modelos liberales triunfantes en el mundo son escasamente digeridos en sus fibras mas intimas; el tiempo apocalíptico en que estamos sumidos; se  explica por el abandono del modelo liberal; cuando se creía que su aplicación no daba marcha atrás, sucedió lo inevitable: nos equivocamos. El substrato histórico de la patria en periodos de emancipación  salió a flote, acompañando a caudillos mesiánicos, siempre a la cola de las caballerías de hordas que insurgen y quieren entrar a saco en la capital de la república. 

 

 

Desaparecer en el peor momento de la existencia, equivale  a enterrar la primavera, a llevarnos al sepulcro la sandunguera y las rémoras del tiempo, colgado de una rosa de  los viento. Un avión de alas de lona que aterriza en una remota pista improvisada y usada para jugar béisbol, de color rojizo; para buscar al negro Tista Querales  para conducirlo preso a la cárcel “las tres torres”, por ser autor de condenable crimen, el cual fue volar el dique que contiene al Morere bordeando la ciudad, ahogando a los blancos de la plaza Bolívar, diluvio universal que sirve para lavar los pecados de los endemoniados mamut de los siglos coloniales ocupantes de las espaciosas casas de cal y canto. La trapecista del Razzore que se cayó de lo más alto de la lona, mientras hacia el triple salto mortal sin red, enterrada en la ciudad y en sus honras fúnebres  participó todo el pueblo consternado, el cual se había enamorado de su juventud, de su rostro y sus bellas y proporcionadas piernas; el ciclista de la cerveza Heineken, y el piloto del avión  cargado de vacas y que para librarse del infierno en que se convirtió su nave una vez se estrellara en la cabeza de pista, accidente que se convirtió en una conmoción, donde los parroquianos lo desarmaron en cuestión de minutos, llevándose el fuselaje y  el ganado ardiendo aun con vida, pero lo que más sorprende es la liviandad de la gente que pese a la represión de la Guardia Nacional, vieron con codicia como los tanques de gasolina explotaron en sus narices. Con esto me llevo una memoria oral al osario común y  a la muerte por olvido, lejos del testimonio documental de los pueblos con escritura, quienes temen a la demencia y a la amnesia por igual.

 

El fantasma recorre los amplios corredores, el perfume de las flores y la fragancia de los árboles hacen más delicioso la permanencia en la solariega casa. Pájaros de variados colores que se ocupan en picotear los mangos maduros y los racimos de cambur; la jaula con loras y guacamayas completan el decorado paradisíaco. Los resquicios y las piezas distribuidas de forma laberíntica; fatigan la armazón de maderas, las habitaciones de otra casa-útero, las cuales se cerraban en un proceso dialéctico al no más desaparecer una rama de la etnia, cuando sus huesos iban a dar al cementerio de la 42, se procedía a su clausura: Dolorita, Cecilia, el ángel velado en el salón más grande, portando alas blancas y puesto de pie en el cajón en forma de prisma; flores de trinitarias bordeaban  su frágil cintura. Dolores y Cecilia se mecen en el chinchorro, mientras se lamentan del dolor que todavía padecen en sus rodillas deformes, como producto de los disparos de máuser, una la recibió en la pierna derecha y la otra en la izquierda, también la prima Bernardina le quedó la  mano inmóvil, por una bala en esa misma balacera, en tiempos de la llamada Revolución Libertadora, comandada por Manuel Antonio Matos. La casa solariega y de amplios zaguanes y patios con numerosos árboles de sombra, han hecho de mi vida un deja vú permanente.

 

La memoria de los seres opacos, es la memoria del transcurrir breve, solo una infinita parte de la experiencia vital es retenida y digerida; para el rebaño esta sociedad no tiene historia, no habiendo nada que relatar. La manía que le cayó a los nuevos amos por rebautizar todo lo que implique definir referentes culturales, obedecen más que todo a un desprecio que por la mayoría sienten, quienes impulsan aplanar la sociedad desde arriba, y poseer en el futuro un ejército de menesterosos.

 

Morir en una abandonada calle del suroeste de la ciudad, en un soleado día el cual nos indica que estamos lejos de terminar el ardiente y dilatado verano. Un piloto de una moto New Jaguar, acelera sudorosamente su máquina, alguien sale de una casa, empuja la reja del jardín, se  dirige al Ford Power color negro; un asesino portando pistola viene en la parrilla acompañando al piloto del pequeño vehículo; dispara a la humanidad del penalista, este tumbado en el piso del carro compacto, toca el frío gatillo, sin percutar el cilindro, una espesa noche sobreviene enseguida,  sus parpados le pesan una eternidad.

 

La muerte ha venido infinidad de veces; para las visitas domiciliarias escoge los peores días y con los más temibles acompañantes; cobradores, enemigos, vendedores de cajones y de huecos para el viaje definitivo, todo como en botica en el publicitado campo santo privado de la pequeña urbe. Había jurado días antes que los “come-carroñas” serían burlados nuevamente, en otra oportunidad más propicia nos reuniremos al final de la 14 de febrero. Ella: mal vestida, de harapos, con sombrero jipi-japa, con una flor  marchita  en el ojal de la chaqueta, como las calaveras de José Guadalupe Posada; con olor nauseabundo delata su presencia, en el portal del tiempo, el de la inscripción en latín, tomó la última bocanada de oxigeno, la selva de panteones marca un ahora y un después; el Corolla dorado y la moto de alta cilindrada han completado los instrumentos para consumar el sicariato en la frágil humanidad de un escribano.

 

 

Compartir este post

Published by Juandemaro Querales - en Narrativa
Comenta este artículo

Comentarios