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1 noviembre 2011 2 01 /11 /noviembre /2011 15:54

TITO-NUNEZ.jpgSeguir el curso de la poesía de Tito Núñez Silva, es sinuoso, dispuestos a renunciar en cualquier momento, cuando sus imágenes le sirvan de apoyatura a otro discurso pareado, al que nos tiene acostumbrados, lo largo de una docena de libros de versos y una producción en prosa, reflexiones sobre arte y literatura, y el país que tanto le duele.

 

Su poética es más bien esquemática, dividida en grandes momentos; muchos de ellos marcados por el compromiso contraído por las utopías, en que su espíritu de reformador y visionario, se aposenta en los lenguajes, únicos depositarios de las ilusiones de generaciones, tildadas de innovadoras, portadoras de originales gramáticas que buscan remover el piso firme de una sociedad, que cada cierto tiempo reclama el sacrificio de una o varias cohortes, las cuales se inmolan en fuego para lograr la purificación en la fatuidad de su voz interior; gestos demenciales que solo los poetas suelen descifrar o servir de Hefaistos o Mercurios para materializar la voluntad de las esfinges.

 

En una segunda instancia aquel insurgente de horca y cuchillo, se metamorfosea en un Hesiodo cuyo regreso al campo y al labrantío, busca la renovación del mito fundacional. Lejos quedaron las grandes epopeyas, la tierra equinoccial y tórrida del Bello y su cornucopia, aflora en un génesis cuyo canto se eleva hasta la estratosfera en: ”Bajo la vieja Ceiba” o en “El libro de Junio”; con estos testimonios se convierte en el Druida que sueña con un recomienzo de la utopía desde Moro hasta Marx, ya no con la entrega de la vida en combate, si no en el campo reformista; “Poemademus” no es un manifiesto socialdemócrata, tampoco es el armisticio obligatorio para claudicar, solo es la savia que ha alimentado al oráculo en la larga travesía por el desierto rojo del sueño.

 

No oculto la admiración que siento por Tito Núñez Silva, con lo cual no puedo estar de acuerdo con cierta crítica pueril, que llega a banalizar el trabajo  lírico del  autor de marras; si bien mi teoría de los dos momentos o estadios, es de raigambre escolástica: las poéticas de la imagen, panfletaria o clásica con referencia al Siglo de Oro, como los reformadores de la apertura de la década de los cuarenta del siglo pasado. Estructura más rígida la cual le permite escaparse de ciertos dogmas, en momentos de gran escepticismo y frustración, para una buena parte de la inteligencia venezolana, ocupada en anomizar lo que queda de República puntofijista.

 

La Selección Poética de 1966-1998, marca un punto de inflexión en un poeta que no ha dado pausa, ni descanso a su quehacer lingüístico, bien con sus dogmas y creencias, que resultan de cuerpo entero retratadas en un impresionismo; y así desdeñar cierta poesía intimista, siempre buscando el efectismo culterano se refugia en trucos surrealistas, del corte sarcofágico o coprofágico, con tal de molestar la paciencia.

 

De su espeso mural hay momentos de gran lucidez, como cuando le corresponde ahondar en el planteamiento Unamuniano del hombre y su circunstancia, resuelta mediante los recursos del sino trágico, o el tanatismo que llevó a mucha gente a pensar en abreviar camino participando de forma entusiasta en las inciviles de nuestra historia, como correlato de una unidad de visiones, combinadas entre lo real pesadillesco, y la fantasía que hunda sus raíces en la mitología, inaugurada desde los días genesíacos del ‘Variquisimeto’ del Tirano Aguirre y sus marañones; las señoritas Hinojosa, el mito bíblico de Job, varado en costas del mar muerto-placita de Altagracia, mismo mito-espacio que reunió en el pasado remoto a Salvador Garmendia, Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Elisio Jiménez Sierra, Héctor Mujica y Alì Lameda.

 

Este apretado análisis abre el homenaje que con motivo del próximo Aniversario del Ateneo de Carora “Guillermo Morón”, le rendirá al poeta Tito Núñez Silva, concediéndole el Premio Nacional de Poesía, XXII años de la institución en febrero del 2012.

Octubre de 2011

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Published by Juandemaro Querales - en Ensayo
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