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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 13:36

 

Por:mujer.jpg

JUANDEMARO QUERALES

 

 

 

 

EL SICARIO

 

 

Pasó toda la noche en vela. Allí arrinconado como un ratón ante los ataques de un gran gato. 

 

Con la mujer a un lado, ensayaba con el revólver 9 mm como iba a disparar, jalar el gatillo y 

 

apuntar a la frente y trabajo hecho. Pero todo el ensayo fue en vano, echado en el piso del 

 

pequeño carro asiático, a una lluvia de balas que le dispara el Sicario. Ya siente en el cuerpo 

 

algunas perforaciones, por lo caliente de la sangre en sus dedos y los ríos de líquido rojo que 

 

ya traspasan la camisa. La Parca llegó tal como la esperaba desde hace un tiempo, vino en 

 

un carro plateado sin placas, con los mensajeros de la muerte de lentes oscuros tratando de 

 

rematar al chivo el apodo clave. Después se supo que eran oficiales de policía de servicio. 

 

 

 

EL RASPACANILLAS

 

Cuando estaba frente al volante gustaba de oír música pasada de moda. Gallega maracucha 

 

y Vallenatos del “indio” Pastor López. Lo había visto bailar una tarde en el Restaurant del 

 

gordo Pei , lo hacía con la hermana Hermelinda, arrastrando los pies, sin levantar los zapatos 

 

raspando la suela contra el piso de cemento. Era mi impresión difusa causada por la luz 

 

encegueced ora del desierto. El Espaldero Policía en servicio se olvidó del objeto de su 

 

permanencia en la fiesta. Bebía sin preocuparse de Leonardo. Si hubiesen llegado los Sicarios 

 

nuevamente de seguro lo despachan para el cielo. Esta vez no lo salvan los escapularios de la 

 

Chiquinquirà de Aregue, que siempre lleva guindando en el cuello con la camisa sin abotonar. 

 

Morir rulfianamente en una cantina fantasmal. Caer malherido sobre el espejo de agua 

 

lleno de jicoteas. Juan Preciado y Susana San Juan departiendo en la polvorosa Cantina de 

 

Aregue. Una canción de los Máster de Maracaibo atiza el calor en aquellos parajes lunares. 

 

Venir a descansar en paz en Aregue como el “negro” Tista Querales quien lo hizo un 20 de 

 

octubre de 1990 en plena fiesta Patronal, época de lluvia y el Río inunda las playas secas de 

 

arena llevándose los cultivos de melón y cebollas. Los cadáveres del cementerio se van con la 

 

creciente hacia Boca de Aroa en la Costa de Yaracuy.

 

 

 

HASTA AHÍ ME TRAJO EL RIO

 

Cuando le dio los espasmos y se le nubló el sentido ya no supo más de sí. Los recuerdos 

 

afloraron como instantáneas, la mente que se puso en off quiere testimoniar momentos 

 

memorables. Con los ojos estràbicos y los labios llenos de espuma. El hijo al que llamaba “el 

 

viejo” le conmina a que deje entrar la muerte, que no se resista. “Zamuro tuerto” ya no repara 

 

en la voz del hijo al que más le prodigo amistad, enseñándole a reconocer las agujas del reloj 

 

y a leer. Hablaba con Eustaquio que lo había seguido por la Cordillera Andina cuando huìa con 

 

Hilda. Ese día el viejo gambito le había perdonado la vida.

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Published by Juandemaro Querales - en Narrativa
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