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25 agosto 2009 2 25 /08 /agosto /2009 19:08
Mientras estaba en el suelo boca abajo, todos los pensamientos se me agolpaban en la cabeza, hasta los más locos. 'Esa vaina de que matan a un venezolano cada cuatro minutos a mí me parecía una exageración'. Pero cuando vi a Jece con un ataque de histeria, donde no cesaba de gritar y llorar a moco suelto, comprendí lo acertado de la estadística y lo banal que es la vida. Que por una miradita al biombo de las películas quemadas, vaya uno a recibir un plomazo por la espalda o la cabeza. Decía el periódico del día siguiente: que cuatro pistoleros, integrantes de una banda de delincuentes, se bajaron de un Aveo blanco, sin identificación, con las nueve en la mano comenzaron a matar gente a mansalva. Primero al chichero, después al vendedor de correas de cuero; una ama de casa y su niño que agoniza en el hospital en la unidad de terapia intensiva. El chichero cuando los vio venir corrió a refugiarse al centro de comunicaciones, y los secuaces lo persiguieron hasta allá y lo acribillaron a balazos. Los otros tres pistoleros no los vi por ningún lado; la catira Jece a pesar de estar presa de ataque de histeria, acurrucada en la farmacia de la esquina de las carmelitas, afirma haber oído tiros que venían en varias direcciones. Sostiene que le caían pedazos de friso de pared en sus lentes correctivos nuevos. Un carajo rollizo con camisa gris manga larga, echaba plomo entre el gentío; cuando comenzó a escupir candela por la nueve, las chispas me quemaron los tobillos, llegando a pensar que habían adelantado las navidades, porque un traqui-traqui se me enredó en la bota del pantalón. El gordito de la camisa parda manga larga, se cambió de posición, ahora disparaba al túnel que se hace en la Ribas Dávila, por la aglomeración de buhoneros; hacía un momento que estuve allí, con la intensión de comprar tres piñas peladas por cuatro mil bolívares, y la catira Jece me hizo cambiar de opinión. Para más tarde. Después me paré en el biombo de las correas y me llevé a los dedos la correa de estrellitas, como la de Bud Cassidy, y es cuando vuelve Jece y me dice que ya tengo suficientes y me jala para la cera de enfrente, aquí frente al biombo de las películas quemadas de Pedro Infante y Vicente Fernández; comienza la cacería a una jauría que busca ofertas: piñas peladas, y leche sustraída a Mercal; para verse sorprendidos por el rostro de la muerte en la cacha negra de la nueve, disparada por el gordito de la camisa parda manga larga

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Published by Juandemaro Querales - en Narrativa
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