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22 agosto 2009 6 22 /08 /agosto /2009 00:04

En su visita a Caracas en la década de los ochenta, el menor de los Jackson Five, fue descrito por el humorista Aníbal Nazoa: "como una combinación de Heidi con Pinocho, que se alimenta con dólares y caga cocaína"; desnudando crudamente las interioridades del nuevo Golem de la industria hollywoodense. 

Ahora, que acaba de fallecer este Franckestein de la imagen, especie inextinguible, candidato a figurar en el Bestiario fantástico de Borges; toda la maquinaria  fabricante de paraísos artificiales se apresta a celebrar sus funerales, por todo lo alto, haciendo hincapié en la apoteosis de  sus creaciones Thriller (1982) y Bad (1987), a fin de congelar su figura y su arte en el imaginario norteamericano.  





Lejanos quedaron los tiempos, en que esa misma sociedad de  vampiros, se habían coaligados para destruir a este antiguo  Peter  Pan; enrostrándole sus pecados de pedófilo, mezcla de Hamelin y Herodes; transformándolo en un guiñapo, obligado a sacrificar su fortuna -calculada en millones de dólares- para pagar el show  que protagonizaron durante los últimos años de su vida: rapaces abogados, relacionistas públicos y familiares de los niños abusados. 

Michael Jackson como todas las figuras creadas por el American Dream, terminó su existencia siguiendo el mismo guión de otros iconos creados por la industria ideológica: Marilyn Monroe, Elvis Presley; ruinas, drogas, fármacos y condena de la opinión pública; caída y expulsión del paraíso de celuloide y láser. 

Sociedad díscola marcada por el consumo desmedido, y la práctica fútil y huera de la cotidianidad de miles de serializados  y alienados, como los analizó Herbert Marcuse en su "Hombre Unidimensional"; este mismo análisis franskfurtiano le sirve a Habermas para proponer en su "Teoría de la Comunicación", las premisas de: Horizontalidad y Neutralidad, como requisito para que se cumpla la comunicación y se de la mediación; condiciones que hicieron del objeto-Jackson el caballo de Troya para joderle la mente a los habitantes del planeta. 

Fin habermasiano que obligó al nombrado "Rey del pop" a renunciar a su raza, su sexo, y a banalizar la pedofilia, en una sociedad marcada por las mudanzas intermitentes de estereotipos, producto de su inmenso dominio de el timo y el tálamo. 




En su vida apoteósica este nuevo Prometeo, se presenta como el Camaleón de Woody Allen en su película Zelig, es todo y es nada; potable a todas las inclinaciones de los gustos triviales del consumidor de desechos. Androginia, hermafroditismo, narcisismo, son algunas anclas de que disponía el personaje. 

Toda la elaboración de la estética universal, banalizado en el rostro y la piel de este rival de "Dios"; bisturí e hipodérmicas, hicieron de un hombre "feo" para el gusto oficial, a un  nuevo Adonis que dormía como Drácula en una urna climatizada. Del rostro de Liz Taylor salió esa cara que asemejaba a la muerte y que lo acompañó al infierno. Las facciones de su raza africana quedaron enterradas en el prejuicio de una sociedad racista, que puso como condición para metabolizarlo, que fuera euro-centrista aunque estuviera enmascarado. 

Producida la metamorfosis en este raro espécimen con aires de Elizabeth Taylor, la misma que falsificó a la morena Cleopatra  para engordar la taquilla, devolviéndola albina y sajona. El  Prometeo intoxicado de sustancias y morfina, se lanzó finalmente a los anillos del infierno del Dante; de donde no lo pudieron sacar los intentos resucitadores del Doctor Murray; igual que el "Rey" Elvis Presley, Marilyn Monroe y seguramente Britney Spears, quien ya transita el túnel de la muerte

 

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Published by Juandemaro Querales - en Ensayo
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